En algunas tradiciones religiosas que no suponen un Dios omnipotente persiste la creencia de un registro impersonal, riguroso y colosal del devenir cósmico. En la tradición hinduista, ese archivo recibe el nombre de akashico, el budismo comparte esa creencia y afirma que los humanos pueden acceder a el, observar sus propias existencias pretéritas y recuperar el espectáculo del pasado remoto.
Yendo mas allá, sostiene, podría observarse el surgimiento del actual universo o recorrer la serie casi infinita y cíclica de aniquilamiento y renacimiento de sistemas cósmicos. Según estas creencias el universo visible es solo una manifestación mas de un inacabable "multiverso" que se acaba, renace y se reconstruye siguiendo el mismo patrón morfico porque se recuerda.
No hay mayor misterio científico y metafisico que el tiempo. En nuestra era posmoderna las antiguas creencias convergen con las teorías mas avanzadas de la física y nos devuelven al asombro primordial y a la perplejidad. Para los griegos el tiempo era cíclico. Platón divulgo la doctrina de una Eternidad que incluía el pasado y el futuro y de la cual el presente era solo un fragmento. Los pitagóricos afirmaban que una vez acabado un cíclico cósmico todas las cosas volverían a renacer de la misma manera.
Nietzsche sostuvo firmemente su creencia en el Eterno Retorno, y también Gurdjieff y su discípulo Ouspenski. Según esa idea, incontables veces habrá leído estas mismas lineas y volverá a leerlas después del olvido de la muerte, porque todo regresa. Nietzsche daba como ejemplo esos raros instantes en que lo conmovía la sensación de haber vivido antes una misma experiencia. No hay oposición con la idea de un universo que se repite o un "multiverso" en serie perpetuamente consecutiva. En los grandes números se contempla también ese circulo recurrente mayor. Los casi infinitos sistemas cósmicos diferentes nunca dejarían de morir y renacer emergiendo en la ilusión del tiempo: serian eternos. Esa visión del espacio-tiempo como un continuo circular explicaría también los extraños fenómenos de precognición y clarividencia.
¿A donde se ha marchado la hora que paso? ¿Donde esta el minuto próximo? Salvo el presente observado, el resto del tiempo es virtual. Aunque vivimos en la cuarta dimensión no la percibimos. Si pudiéramos el tiempo se tornaría material e incluiría pasado y futuro. Seria una linea, una cinta en la que cada instante parecería el fotograma de una película cuando es iluminado por la luz y que, además, podría pasarse en ambas direcciones.
Algunos científicos afirman que esto puede ser así, otros dicen, basándose en las premisas de Schrodinger, que la mecánica cuántica describe una indeterminación del futuro en el mundo subatomico, un caos subyacente en lo microfisico que pretenden extrapolar a lo macrofisico: existe lo probable pero no lo determinado, por tanto el futuro no esta cerrado. Sin embargo, la realidad material no se deshace en ningún caos de energía pura ni se diluye en nada. Entre lo micro y lo macro se introduce una estructura de determinación rigurosa, dato que pone de cabeza a los teóricos científicos del libre albedrío.
Y creer que los sucesos nos están esperando abre una pregunta paradójica: ¿nos estamos dirigiendo hacia el futuro o este se desploma sobre nosotros desde una zona invisible y virtual? Es tan fuerte el sentido de dirección que tenemos del tiempo que esta pregunta nos resulta absurda: como no vemos nada hacia adelante, donde situamos el mañana, pensamos que las opciones están abiertas. Sin embargo, la simetría temporal pasado-futuro (que existan simultaneamente las dos direcciones) esta en el centro del debate teórico de la ciencia. Hay fundadas sospechas que indican la existencia de huellas de energía que se mueven a velocidades superiores a la de la luz y desaparecen en zonas inversas a la llamada dirección termodinámica del tiempo. No debe extrañarnos entonces la contradicción personal de poder dar crédito a dos creencias opuestas: que el futuro ya esta configurado pero no podemos observarlo o, lo mas probable, que es una forma de retorno del pasado. Salvo nuestra memoria, siempre fallida y parcial, el presente transitorio se habría marchado a "ninguna parte", una zona indetectable para los sentidos. ¿Sera allí donde se pierde el antes de nacer y el después de morir? Una zona que podríamos designar como el no lugar fuera del tiempo.
¿Como aceptar que el Universo siga un programa inevitable? Asomándonos a la vastedad de las constelaciones o contemplando la enormidad de relaciones existentes en un mínimo de espacio atómico, la idea suena a locura. Sin embargo, la mayoría de las creencias religiosas teístas atribuye a un Dios omnipotente la creación, desarrollo y control absoluto del Universo. Se acepta con humildad la idea de un poder inconcebible, pero se resiste la idea de que pueda existir un orden natural -sin Dios- de estas características. Algunas doctrinas de Oriente han conciliado este dilema sacralizando o asimilando el orden de la Naturaleza - el Akhasa- a un aspecto de la divinidad. Todo lo existente es manifestación de una supra-mente universal, el mismo Universo nace, muere y renace según el despertar o el sueño, pero sobre todo el designio, de esa mente suprema.
La pregunta que surge inmediatamente si consideramos esta posibilidad es ¿sigue cada renacer del Universo un programa predeterminado que incluye también nuestro destino? Tanto el budismo, como el hinduismo o el taoísmo responden de manera paradójica a esta pregunta: si... y no. Una respuesta que no es producto de la mera especulación racional, sino el resultado de una practica contemplativa singular. Y es que las escuelas esotéricas del budismo tibetano afirman que la mente entrenada puede sobrepasar los limites de lo inmediato y sumergirse en la exploración del futuro, o del pasado, para descubrir las consecuencias de los actos y los pensamientos. En su cosmovision no existen ni el azar ni los hechos aislados, solo el curso riguroso y casi inevitable de los acontecimientos. Coinciden con Einstein cuando afirmo que "Dios no juega a los dados".

